EL POR QUÉ DE ESTE BLOG

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Bueno, bueno, bueno, pues se explica en pocas palabras: ESTOY EN EL PARO.

Si, después de 34 años trabajando, ahora estoy en el paro y como la cosa me temo que va pa´ largo, pues tengo que fogá, ¿sabéis lo que es eso?, pues que necesito algo que hacer para quemar energía.

Trabajando en hostelería, tratas con todo tipo de personas al cabo del día, clientes y compañeros de trabajo, y si además la mayoría son mujeres, que somos muy charlatanas y llevamos muchos años trabajando juntas, filosofamos mucho de familia, noticias, arte, cultura, actualidad en general y cotilleos; pues eso es lo que me falta, compartir.

Cuando estoy cocinando con la radio puesta y me viene a la cabeza algo que creo es interesante y que podría compartir, lo escribo en el ordenador, y como me he apuntado al feisbuk, lo comparto con la corrala cibernética de familia y amigos.

Ahora me han dicho que sería interesante que hiciera un blog. Pues vamos a ello.

Advierto que son cosas mías, igual hay veces que se me va la olla, son cosas cortitas del día a día y los que me leen hasta ahora dicen que les hace gracia, sólo escribo cuando encuentro algo que me inspira y creo que se puede compartir.

SI ME QUERÉIS, SEGUIDME.

martes, 3 de septiembre de 2013

CRÓNICA DE UNA GORDA QUE NUNCA QUISO SERLO -III-

En mi adolescencia pasé un verano entero trabajando en la heladería del paseo marítimo, junto a la casa vieja donde nací. Sin descansar ni un sólo día, pero no me importaba, había mucho ambiente, -la gente de veraneo suele estar relajada y es muy divertida-, y estar hasta las tres o las cuatro de la madrugada en verano, en la calle, con 15 años, era suficiente aliciente para mí. Aquel verano fregaba platos.

El verano siguiente volví a trabajar allí y pasé a servir helados en la barra. Igual, no salí en todo el verano, no sabía si era lunes o viernes o domingo. Aprendí a preparar copas de helados con nata montada, batidos especiales, café y long drinks. Notaba el cambio de los días por quincena, que era cuando cambiaban las caras de los veraneantes.  Hacía dieta y mis amigas venían a verme de vez en cuando.

Ese verano hice un cambio espectacular. Creo que no me di cuenta porque trabajaba muchas horas. Cuando era la hora de comer o de cenar, me escapaba en un salto a mi casa y mi madre me tenía preparado un plato con tomates picados y un huevo duro. Casi no veía a mi familia y volvía al trabajo. Pero poco a poco me daba cuenta que la gente me miraba, remiraba, volvía a mirar y comentaban lo guapa que era. De repente tenía caderas, estómago plano… ¡y me veía el kiwi!.

Cuando ese invierno volví a salir con mis amigas de discoteca, no me reconocían. Los mismos que me ponían de gorda a los quince años, ahora a los diecisiete me los tenía que despegar como lapas.
No me volví loca, tonta, presumía ni idiota porque los demás me vieran guapa, yo no era –ni soy- así, sólo pretendía sentirme bien en mi cuerpo y no tener que usar más la faja ni sentir que el estómago me aprieta la cintura. Pero claro, a mi edad y con dos embarazos y la menopausia, me cuesta cada vez más, -pero estamos en ello-.

Pero es que cada vez que mi marido me dice: -“niña, vamos a tomar una cervecilla”-, me puede. Soy débil, lo sé. Y mira que cuando me conoció, yo era espectacular, tan espectacular que fue el único que se atrevió a salir conmigo, porque era realmente guapa, ¿verdad?

Él, de joven, era futbolista y tiene un físico al que no le cuesta nada mantener en forma, y claro, aún no sabe por qué en aquella época yo sólo bebía tónica y nunca tapeaba en los bares.

Mi madre se encargó de romper todas mis fotos desde los catorce a los diecisiete años. 


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